De Twitter al corazón de Madrid

Se suele hablar mucho del poder que tiene Internet para unir a las personas, y, aunque habitualmente se vea como algo frío e incompleto, a veces consigue cosas que antes eran impensables. Pero no hablamos de las fotos de famosetes comiendo pizza en la gala de los Oscar ni del último despliegue de inocencia de Miley Cyrus.

Hace unas semanas nos llegó la historia de Sandra, una chica de Orihuela, para los que no lo conozcáis, es un pueblo alicantino perdido entre una inmensidad de iglesias y naranjos. Sandra había encargado un inkee para su novio Alberto, madrileño a tiempo completo. Lo curioso es que se conocieron por twitter, algo que es más habitual de lo que parece.

Lo que no nos paramos a pensar es que, en estos casos, las primeras fotos y recuerdos son puramente digitales, los llamados “selfies” vía WhatsApp (o vía Snapchat, para los modernos), o como es el caso, capturas de webcam y fotos de retratos artísticos dibujados con boli bic.

En algún punto de una relación puramente virtual, los 140 caracteres de twitter y los sonidos insoportables del, por entonces todopoderoso MSN Messenger, se quedan cortos. Y es que las webcams, por mucho que nos las vendan como la panacea para la soledad y la distancia, ni siquiera nos permiten cruzar una mirada directa a los ojos, algo tremendamente infravalorado en los tiempos que corren, y que ha marcado el auge de las gafas de espejo de colores estrafalarios.

Sandra y Alberto no son tontos, y eligieron las paradisíacas playas de Alicante para tostarse al Sol juntos y poder compartir el aftersun.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que Sandra y Alberto se rindiesen a los encantos de la capital. Madrid es una ciudad muy bonita, aún con sus humos y sus ruidos, sus parkímetros y sus obras interminables. Sandra quedó maravillada con la eficiencia y majestuosidad del Metro de Madrid, la estación de Sol todavía no había visto su nombre mancillado, y no habían empezado los tan polémicos recortes en horarios y aire acondicionado.

El mapa del Metro de Madrid en su máximo esplendor

 Tan encantada quedó Sandra con Madrid, que poco después decidió irse a vivir con Alberto a San Sebastián de los Reyes, mundialmente conocida por sus corridas de toros y su abundancia de aparcamientos en doble fila. Pero como casi todos los jóvenes españoles, tuvieron que conformarse con vivir en casa de sus padres, mientras terminaban sus estudios y soñaban con la emancipación.

La vida en San Sebastián de los Reyes, crisol de culturas y, por lo visto, hogar de macetas gigantes

 Los meses pasaron, y la curiosidad científica de Sandra y Alberto les llevó a ir de caza Bosones de Higgs, agujeros negros y estrellas de la muerte. Acabaron visitando el CERN en Suiza, y haciéndose fotos junto a centenares de máquinas extrañas que bien podrían acabar con el mundo en cualquier momento.

Sandra y Alberto en el CERN, viviendo al límite

Poco tiempo después, los deseos de independencia de Sandra y Alberto acabaron cumpliéndose, y como no podía ser de otra forma, esta historia acaba en un “vivieron felices y comieron perdices”, o bueno, más bien pollo del Mercadona. Por eso, Sandra dejó su inkee abierto al futuro, para llenarlo de muchos más recuerdos y futuras aventuras galácticas.

El futuro está casi en blanco, salvo esa esquina pintada con acuarela negra

Comentarios

comentarios