Los árboles que crecieron

Vajilla de plata, marco de fotos de murano, estatuilla de cerámica azteca, lavavajillas multiusos, dos noches en Cancún, imitación de Picasso, sortijas, thermomix. Todos los elementos que acabamos de enumerar cumplen funciones diferentes, pero comparten un cosa en común: pertenecen a la lista de regalos de una boda.

A lo largo de los 20 el círculo de amigos va cuadrándose: algunos se van a vivir con su pareja, otros incluso tienen un bebé, los que pueden permitírselo incluso están viviendo ya en alguna casita entrañable…; así pues, alcanzada la treintena, lo más normal es que alguna persona cercana, si no nosotros mismos, haya celebrado ya eso que quienes han tenido la suerte de vivirlo llaman “el día más feliz de nuestras vidas”.

Pero el día más feliz de nuestras vidas contempla la existencia de otro mucho más reservado, alejado de los focos, y en cierto modo más salvaje y genuino: la despedida de soltera. Y ahí es donde todos los regalos que hemos enumerado abandonan el reino de lo impersonal para alcanzar el coto de lo privado y emotivo. Así Yurika Katsu y sus amigas decidieron regalarle un Inkee a Ana el día previo a su boda.

Un 13 de abril nació la pequeña Ana, lo que todavía no sabía es que ese mismo año, no muy lejos de allí, nacerían otras niñas dispuestas a ser sus amigas para siempre

Esta es la primera frase que Ana vio cuando abrió el Inkee que sus amigas le habían preparado, un álbum de recuerdos que contenía todo su cariño hacia ella y que materializaba tantos años de momentos compartidos. No contenía fotos de arquitectas, profesoras, médicos, químicas y doctoras, sino que en sus páginas sonreían Araceli, Belén, Berta, Julia, Marta y, por supuesto, la propia Yurika, amigas que más de veinte años después siguen queriéndose y pasándolo tan bien juntas como cuando sonaba el timbre del recreo y se reunían en el patio del colegio, sentadas alrededor de aquel árbol.

Interraíles, noches locas, nuestro viaje a Japón, ¿te acuerdas de aquella tarde en la playa? Todos esos grandes momentos ahora respiran a través de las páginas, páginas que, por cierto, se han convertido incluso en un juego de mesa, y ahora se reúnen en casa de Yurika, preparan té y se sientan a hablar alrededor del Inkee, disfrutando de las horas juntas como si los años no fueran más que ramas adormecidas por la brisa del otoño. Como las de aquel árbol del colegio.

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