El día que el hombre viajó al espacio

El ser humano siempre ha puesto mucho de sí mismo para capturar recuerdos a lo largo de la historia. Así como el arte es una proyección de nuestros sentimientos, también tiene nuestra expresión artística un cierto afán de perpetuar para siempre pequeños instantes y convertirlos en lienzos, versos y melodías que brillan.

Pese a que las limitaciones tecnológicas siempre han determinado esta capacidad para retener recuerdos, nos hemos ido adaptando a las posibilidades que nos brindaba la ciencia o, aún más relevante, nuestro ingenio creativo. Ahora, bien aterrizados en el nuevo siglo, las posibilidades son tan amplias que la nube tecnológica dispersa los recuerdos importantes. Inkee surge como antídoto contra esta dispersión, con la intención de volver a tocar nuestras memorias, retenerlas en un lugar que consideramos importante. Es por este motivo que nos hemos propuesto recordar grandes momentos pasados que podrían haberse guardado en un Inkee de haber existido en aquel momento.

El primer recuerdo que queremos atraer hacia los focos es el de Yuri Gagarin, la primera persona que puso un pie fuera de la Tierra y se adentró en el espacio. Imaginad qué pudo sentir aquel astronauta soviético cuando abandonó lo conocido para adentrarse en la inmensidad. Y digo imaginad porque es lo máximo que podemos hacer sentados el césped bajo las estrellas, imaginar otras vidas.

La obra maestra de Stanley

Algunos intentaron hacerlo, y en el cine tenemos dos muestras de ello, una reciente y otra no tanto. El último fue Alfonso Cuarón, cineasta mexicano que dedicó muchísimos años en recrear una experiencia visual inolvidable, Gravity, que nos transporta en una viaje sin descanso hacia el espacio de la mano de George Clooney y Sandra Bullock. Pero muchos años antes, con una intención diferente a la del mexicano, pero con la misma fascinación por la belleza del espacio, Stanley Kubrick rodó 2001: A Space Odissey, una pieza de culto que cincuenta años después todavía sigue desencajando mandíbulas.

Tener un propósito en la vida, una meta hacia la que correr es probablemente una de las mayores razones que tiene una persona para moverse. Yuri Gagarin ya lo tenía muy claro, todo lo que he hecho en mi vida ha sido para esto, declaró minutos antes de embarcarse en el viaje de su vida a bordo del Vostok 1. Se adentró en el océano negro cuando aún no sabía si podría nadar en él, ya que los efectos de la ingravidez sobre el cuerpo humano aún formaban parte de un secreto indescifrable. Tal fue su fascinación por lo real que se rumorea que una vez se sumergió en el espacio dijo: Aquí no veo ningún Dios.

Vostok 1, la nave que lo hizo posible

Yuri Gagarin vivió el resto de sus días atrapado por un reconocimiento abrumador en la Unión Soviética, pero no fue con el éxito con quien se encontró en su regreso a la tierra, sino con una campesina de la región de Stalingrado, Anna Tatjárova. Extrañada ante su look anaranjado y extraño ésta le preguntó a Yuri, ¿Viene usted del espacio? A lo que Yuri Gagarin no tuvo más que responder:

Ciertamente, sí. Pero no se alarme, soy soviético.

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